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sábado, 18 de enero de 2025

ORFEO Y EURÍDICE

¡Bienvenidos a este singular viaje en el tiempo! 

                                                       ORFEO Y EURÍDICE 


   

En la Antigüedad, cuando los dioses aún habitaban entre los  mortales, vivía en un hermoso rincón de la Tracia, entre los  bosques que crecían junto a las montañas del Ródope, un  músico llamado Orfeo. Era Orfeo hijo de Eagro, un dios-río, y de  una de las nueve musas que habitaban el Olimpo, Calíope, la  más distinguida de todas. De ella, protectora del canto, había  heredado Orfeo su bella voz y el don de la música. Tal era su  talento que, cuando Orfeo entonaba sus cánticos y pulsaba su  lira, el espíritu inquieto de los hombres hallaba la paz; las fieras  se amansaban; los robles y encinas batían las hojas al viento, y  hasta las rocas parecían perder su dureza.  

La fama que le otorgaba el poder de su música hacía que las  ninfas que guardaban los bosques le siguieran y suspiraran por  obtener su favor. De entre todas ellas sólo la hermosa Eurídice  fue capaz de conmoverle con su dulzura y virtud, por lo que el  apuesto Orfeo, doblegado al fin por el amor, decidió desposarla.  Lejos estaba de sospechar en aquel momento que el motivo de  su dicha no tardaría en serle arrebatado. 

Muy poco después de celebrar sus esponsales, la muerte acudió  en busca de Eurídice. La joven ninfa ignoraba que entre la hierba  fresca, junto a los márgenes del río que lindaba con el bosque,  habitaba una terrible sierpe. Un atardecer, mientras corría junto a  la ribera, la fatalidad quiso que, con su delicado y blanco pie,  rozara al mortífero hidro. Apenas un instante después, Eurídice  cayó sin vida bajo el terrible veneno de la mordedura.  

 – ¡Eurídice, mi dulce esposa! -en vano besó Orfeo los bucles  dorados de la desdichada ninfa. El alma de Eurídice había  marchado ya al reino de las sombras.  

Dríades, árboles, ríos y montañas lloraron la muerte prematura  de la joven y se conmovieron con el canto desconsolado de  Orfeo. No hallaba éste bálsamo alguno para ahogar la pena  oscura que le embargaba y, no pudiendo concebir la vida sin su  esposa, una noche decidió Orfeo ir en su busca hasta el Hades,  el lugar donde habitan las almas de los que ya no son.  

Fue así como Orfeo dejó atrás todo cuanto le era conocido para  adentrarse en las profundidades de la tierra y penetrar en los  dominios del despiadado Hades y su esposa Perséfone. Orfeo no  poseía más armas que la música y la palabra, así que, cuando se 

presentó ante las deidades del inframundo, comenzó a entonar  un bellísimo canto. Tal era el poder de su música y de su voz que  las sombras y los espectros acudieron en tropel para escucharle,  y las penas de las almas condenadas a un sufrimiento eterno  quedaron en suspenso. Incluso el terrible can Cerbero, que  guardaba la puerta del Hades, mantuvo sus tres fauces abiertas  a la vez mientras duró el canto de Orfeo. Perséfone no pudo  evitar conmoverse.  

– Hades, querido esposo -rogó la reina del infierno-: ¿por qué no  permites que el alma de la joven Eurídice regrese a la luz?  

– Si ése es tu deseo, no puedo sino concedértelo –contestó  Hades–. Sea entonces.  

– Sin embargo –continuó Perséfone–, has de respetar una  condición, Orfeo. No podrás mirar atrás hasta que no hayas  abandonado por completo el reino de las sombras y penetrado en  los dominios de la luz. De otro modo, el pacto quedará sin efecto.  

Con el corazón palpitante emprendió Orfeo el camino de regreso  a la superficie. En pos de él corría la sombra de la amada ninfa.  Ya se acercaba Orfeo a la región de la luz, ya estaba a punto de 

franquear el umbral, cuando de repente la duda se apoderó de él.  ¿Y si Perséfone le había engañado? ¿Y si la amada Eurídice  permanecía aún en el inframundo? En un impulso, Orfeo volvió  su rostro. Sin pretenderlo, había incumplido la condición  impuesta por la deidad subterránea.  

Orfeo vio con horror cómo el espectro de Eurídice se desvanecía  como humo en el aire. Intentó atrapar la sombra, retenerla entre  sus brazos, pero todo fue inútil.  

– ¿Qué has hecho, Orfeo? ¿Qué arrebato te ha llevado a  desafiar a los dioses? -la mirada de Eurídice era triste-. ¡Adiós,  querido mío! Recuerda por siempre lo mucho que te he amado.  

En ese momento se escuchó un terrible crujido, como si la tierra  se abriera, y Orfeo comprendió que la bella Eurídice no  regresaría jamás al mundo de los vivos. En vano quiso franquear  de nuevo la entrada al Hades para suplicar el perdón de los  dioses, pero Caronte, el barquero, no se lo permitió.  

Orfeo, conocedor ya del misterio y el poder de la muerte, buscó  alivio para su dolor en la soledad de las montañas. Su canto,  triste y bello, conmovía más que nunca a todos cuantos se 

cruzaban en su camino, de modo que los hombres comenzaron a  seguirle. No buscó nunca más Orfeo el amor y se mantuvo fiel al  recuerdo de la amada Eurídice. Eso desagradaba a las ménades  de la Tracia, adoradoras del dios Dioniso. Enfadadas por el  desdén de Orfeo y por la atención que le prestaban los hombres,  un día se abalanzaron sobre él y acabaron con su vida. Crueles  en extremo, lanzaron su cabeza al río Hebro, desde donde llegó,  navegando entre las olas, hasta la isla de Lesbos. Cuentan que,  mientras se le escapaba la vida, la cabeza de Orfeo aún recitaba  con su vibrante voz el nombre de la adorada ninfa, y que las  riberas del río y las olas del mar lo repetían a su paso. “Eurídice,  Eurídice…”. 


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ORFEO Y EURÍDICE

¡Bienvenidos a este singular viaje en el tiempo!                                                          ORFEO Y EURÍDICE       En la Antig...